Se
llamaba Adela, tenía cuello de garza, porte serio y elegante y pasaba de los
cuarenta. Él, era su alumno, un chico tímido y retraído, cuyo mundo era la casa
y la escuela. Hasta allí había llegado huyendo de un caótico centro público.
Nada
más conocer a Adela, supo que era una persona especial, de esas que rara vez la
vida te pone en el camino. Pronto, trazaron líneas
paralelas de complicidad. Ella, le quería y disfrutaba como alumno, siempre
callado y abnegado; él la sentía y disfrutaba en cada clase.
Los
martes y jueves, tocaba literatura, eran los mejores días de la semana. Nada
más despertar, sin la ayuda del café, su corazón parecía revivir. Su delgado
cuerpo temblaba presa de la emoción y de sentimientos incontrolables. Las
inflexiones de su voz, su largo cuello y el movimiento de su pelo conseguían
turbarle y estremecerle. Nada podía calmar esa ansiedad.
Entre
Lope de Vega y Shakespeare, nunca había tenido tanto interés por la literatura,
sus clases eran como terrones de azúcar que se entregaban a endulzar su boca y
le hacían perder la noción del tiempo. Tan ensimismado y entregado a la
situación, que a veces dejaba de escuchar e imaginaba estar solo con ella.
A
pesar de ser dos líneas paralelas, él sentía la felicidad del que se sabe
comprendido y amado. Dichoso y agradecido por gozar de una de esas personas que
le había descubierto lo grande y turbador que es amar. Jamás pudo pronunciar
su nombre sin ruborizarse y apenas consiguió charlar con ella un par de veces
fuera de las aulas.
En
una ocasión, le preguntó si tenía novia o salía con alguna chica. Él preso de
la vergüenza fue incapaz de articular palabra. Adela entonces volvió a
sorprenderle deslizando los nombres de dos alumnas que le habían confesado
sentirse atraídas por él. Con un fugaz agradecimiento desapareció turbado
mezclándose entre el resto de alumnos. Antes, ella le relató haber sufrido un
desengaño amoroso que le llevó a cerrar para siempre su corazón.
Dos
años después el azar les volvió a reunir. En una soleada y calurosa mañana
de junio, se volvieron a encontrar. Adela estaba junto al director del colegio
y a la jefa de estudios, nada más verle le regaló un efusivo abrazo por su
magnifica nota en literatura. Eran los resultados de selectividad. Momentos
después desapareció, y solo quedó su recuerdo.
Camino ilusionado de heridas abiertas. Mis frágiles ramas castigadas
por el viento batían tristes por tu ausencia. Nubes de algodón y aroma de tu
pelo bañaban mis pensamientos.
En la inmensa soledad de mis
pasos, una música me llevó hasta ti, sus alas ganaron a la tristeza, sus notas
repicaron muy dentro.
Cruzando los charcos y los
momentos, los tenues rayos del sol se colaron en mi cabeza y te sentí tan
cerca.
Fue solo un sueño, un efímero engaño a la tristeza. Quien quiera que seas, te
intuyo y deseo, desfallezco por tu piel, tu mirada, esa sonrisa que detiene el
reloj de arena.
Vaivén
que me atrapa, cosquilleo que me retuerce, herida de incierto final, mariposa fugaz que vuelas buscando tu lugar.
Universos
paralelos, cuando la razón dicta una cosa y el corazón marcha libre, magnetismo
salvaje de satélite que gira sin detenerse tratando de alcanzarte.
En pleno centro de Madrid hay un magnífico lugar donde aislarse del bullicio de la gran ciudad. El parque de El Retiro es un lugar ideal para pasear, comtemplar bellos árboles, fuentes y surtidores. Las primeras noticias que nos llegan de este parque se remontan a la época de los Reyes Católicos, fundadores del Monasterio de los Jerónimos, cerca del cual había unos aposentos reales conocidos como "El Cuarto". Durante el reinado de Felipe ll esta zona se convierte en lugar de "retiro" y recogimiento religioso, de ahí viene el nombre del parque.
Si cualquier rincón del parque es fuente de inspiración, yo me quedo con los alrededores del Palacio de Cristal, con su estanque, surtidor y frondosos árboles. Si estas allí, solo tienes que dejarte llevar...
Llegó
el momento. El sol comenzó a acariciar las montañas y el paisaje se tornó
amarillo cálido. Una luz africana y una brisa cálida nos conecto en segundos.
Fuimos dos náufragos en un mar desierto, dos almas perdidas en la inmensidad de
la noche.
Sentí
las ramas de tus brazos a mí alrededor y un instante de felicidad sacudió mi
cuerpo. Tus destellos nublaron mi vista y turbaron mi espíritu. Pronto este
paraíso celestial se difuminó como lo hacen los sueños y ahora sólo guardo este
recuerdo de ti.
El verano pasado tuve la suerte de visitar Australia, un magnífico país, que en la actualidad es un crisol de culturas, lenguas y ejemplo de buena convivencia.
Si olvidamos, que está a 24 horas de avión, antes a varios meses en barco, la experiencia es muy recomendable.
Una de las maravillas que pude contemplar y fotografiar fue la Opera House, sin duda el emblema de Australia, junto con los canguros, los koalas y el surf.
Este joya de la arquitectura del siglo XX, declarada Patrimonio de la Humanidad en 2007, fue diseñada por el arquitecto danés, Jorn Utzon en 1957, e inaugurada en 1973 por la mismísima Isabel ll.
Su podio y bóvedas en forma de concha tienen una gran belleza y no hay fotógrafo que se resista a inmortalizar sus bellas formas. Además está situada junto al mar y frente al puente de la bahía de Sídney, formando parte de uno de los lugares más fotografiados del mundo.
Las calles de las grandes ciudades son un compendio de gentes, un contínuo fluir de vidas que vienen y van. Sucede que cuando capturas un instante, descubres con sorpresa cosas que se te escapan en el mismo momento que suceden.
Las ciudades tienen su ritmo y cuando se trata de cruzar calles con mucho tráfico no queda más remedio que esperar a que el semáforo nos de permiso para hacerlo.
Es un momento casi siempre aburrido, que cada persona enfrenta de muy diversas maneras. Está la persona que va con prisa y se clava junto al bordillo esperando asaltar la calle, la que se queda a medio camino esperando con tranquilidad a que llegue el momento y las que tratan de buscar algo que hacer mientras tanto.
Si hay un momento mágico para hacer fotos, es sin duda el del atardecer. A la caída del sol, la luz es más bella y cálida. Justo en el momento que se pone el sol hay una luz mágica que parece apoderarse de todo. Son unos minutos mágicos e inolvidables que pasan muy rápido y que solo guardamos para siempre gracias a la fotografía.
Disfrutar de la luna siempre es un buen plan, pero hacerlo durante un paseo nocturno en el Puerto de Navacerrada, rodeado de pinos y nieve, es un espectáculo para los sentidos.
Así un grupo de 12 personas disfrutamos de un bello paseo nocturno a la luz de la luna que comenzó a las 8 de la tarde y se prolongó casí hasta la medianoche. Una experiencia maravillosa en la que pudimos contemplar en todo su esplendor la última luna llena del invierno.
Dirigidos por un guía y bien equipados con raquetas, bastones y linternas, hicimos nuestros pinitos nocturnos por la montaña disfrutando de una marcha muy agradable en la que además de disfrutar de la montaña pudimos ver una espectacular vista de las luces de la ciudad de Madrid y las de Segovia. Una actividad muy recomendable.